9. Cartografía científica

El siglo XVIII tiene como rasgos característicos definitorios el fomento de los estudios científicos y el desarrollo consecuente de las ciencias y su aplicación práctica. También las ciencias geográficas y la cartografía se beneficiaron de esta revolución en dos sentidos, pues “nuevos métodos e innovaciones técnicas mejoran la exactitud, fiabilidad y expresividad de los mapas, al tiempo que las ideas ilustradas, los viajes científicos y los cambios en la estrategia militar dan impulso a los trabajos cartográficos.[1]

Como se ha indicado anteriormente, en 1665 el monarca francés Luis XIV había ordenado la creación de la Academia Real de las Ciencias. Esta fundación produjo un impulso definitivo en la utilización de la ciencia en la cartografía, propiciando que los nuevos mapas se apoyaran en observaciones astronómicas y cálculos matemáticos para representar de una manera más fidedigna el territorio. Los monarcas ilustrados son conscientes del valor de la cartografía como fuente de información y poder, facilitando su conversión en un instrumento básico para la navegación y para la información, gestión y administración del territorio.[2]

Colbert présentant à Louis XIV les membres de l’Académie royale des Sciences, de Henri Testelin, ca. 1675. A la derecha del globo terráqueo, con capa marrón y negra, el astrónomo y cartógrafo francés de origen italiano Giovanni Domenico Cassini.

Los mapas y planos dejan de hacerse mediante itinerarios, a través del reconocimiento visual del territorio con anotación de todos los datos geográficos posibles, para comenzar a ser formados a través de las mediciones angulares del territorio, con la utilización de una red geodésica. Como paradigma de esta nueva cartografía figura en primer lugar el plano de Francia levantado por la familia Cassini a instancias del rey Luis XV, cuyo objetivo fue obtener el mapa más preciso posible del reino. Esta tarea, llevada a cabo durante más de 50 años, se completó gracias a la medición de cerca de 800 triángulos geodésicos. El plano de Cassini se construyó sobre un sólido armazón geodésico, producto de miles de observaciones astronómicas y cálculos trigonométricos, métodos completamente extraños para los cartógrafos anteriores. Sin embargo, a efectos militares tuvo una importancia relativa, al menos para la utilización sobre el terreno en el movimiento de grandes masas de tropas, puesto que:

Este no era en términos modernos un mapa nacional basado en exhaustivos detalles topográficos, sino un levantamiento geodésico que producía una ilustración posicional de lugares significativos para las exigencias de la planificación estatal.[3]

Nouvelle carte qui comprend les principaux triangles qui servent de fondement a la description geometrique de la France, de Cesar-Francois Cassini, 1744. (Fuente: David Rumsey Historical Map Collection). Puede visualizarse el mapa completo y navegar por él en la web de la David Rumsay Historical Maps Collection

La transformación de la cartografía en una disciplina científica, producto de la utilización de instrumental técnico innovador y de cálculos matemáticos avanzados, desembocó en la institucionalización y militarización de la actividad cartográfica. En prácticamente todos los países europeos fueron creándose organismos topográficos oficiales con el objeto de levantar mapas científicos, cada vez más exactos a medida que mejoraba el instrumental y las observaciones se hacían con mayor precisión, a la búsqueda de los respectivos mapas topográficos nacionales.

En el campo militar, los ingenieros cartógrafos van adquiriendo un perfil más científico y la habilidad para el dibujo, siendo importante, pasa a un relativo segundo término; lo verdaderamente substancial en la nueva cartografía es que las representaciones de los ingenieros fueran geométricamente correctas. Aunque se sigue dibujando, se hace sin el embellecimiento de la cartografía anterior. De esta manera, la cartografía militar “pasa de ser el resultado de la actividad de militares […] con métodos más pictóricos que científicos a ser un instrumento de trabajo reglado, de corte geométrico y con una finalidad específica.[4] Se van separando paulatinamente, aunque no de forma definitiva, el aspecto técnico del artístico en la cartografía militar.

Como ha quedado de manifiesto, Francia se situó a la cabeza de la ciencia cartográfica y su aplicación civil y militar, mientras que los demás países, incluida España, se encontraban más retrasados en la elaboración de sus respectivos planos nacionales de base científica. Así, a comienzos del siglo XIX, solo Francia disponía de un mapa topográfico general ejecutado de forma rigurosa, en base a observaciones astronómicas y con métodos de triangulación,[5] mientras algunos de los demás países no tendrá esa herramienta básica de la planificación hasta bien entrado el siglo XX.

La situación en España es cuando menos peculiar, puesto que desde la Corona se impulsa la formación científica y rigurosa de planos fiables de las colonias americanas, especialmente de sus costas, para facilitar la navegación entre estas y la metrópoli europea. Además, se promueven importantes campañas científicas con objetivos geográficos, como la expedición hispano-francesa que entre 1735 y 1744 viajó al ecuador para demostrar la forma elipsoidal de la tierra.[6]

Carta dela meridiana medida en el Reyno de Quito de orden del Rey nuestro Señor para el conocimiento del valor de los grados terrestres y figura de la tierra, por Jorge Juan y Antonio de Ulloa, 1744 (Fuente: Biblioteca Nacional de Francia, Cartes et plans, GE DD-2987 (9288 B)).

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Detalle de la Carta dela meridiana medida en el Reyno de Quito…, por Jorge Juan y Antonio de Ulloa, 1744.

Sin embargo, ese esfuerzo realizado en los territorios ultramarinos, entre cuyos autores destaca la obra de Jorge Juan, no tuvo una correspondencia en la península, desatendiéndose la cartografía de zonas fronterizas terrestres muy sensibles, como los Pirineos:

El nivel científico y técnico del trabajo de los marinos españoles cartógrafos españoles durante todo el siglo XVIII se contrapone de este modo al fracaso de las diversas iniciativas para formar un mapa general de España con carácter de auténtico trabajo científico.[7]

El único trabajo cartográfico que puede compararse, tanto por la metodología como por los instrumentos utilizados, a los realizados en las colonias americanas es el monumental trabajo de Vicente Tofiño de San Miguel para cartografiar las costas peninsulares realizado a lo largo de cuatro años, de 1783 a 1788, con el apoyo de dos embarcaciones de la armada y el personal de la Escuela de Guardiamarinas y el Observatorio de Cádiz.[8]

El puerto de Mahón y su costa, incluido en el Atlas Marítimo de España, de Vicente Tofiño de San Miguel, 1789 (Fuente: Biblioteca Nacional de España, GMG/122/12).

Por tanto, al comenzar el siglo XIX, en los albores de la Guerra de la Independencia, convivían en Europa hasta tres formas distintas de realizar documentos cartográficos, según el método de levantamiento realizado: los viejos planos artesanales conservados en los archivos, la imprecisa y en muchas ocasiones errónea cartografía de gabinete y los fragmentarios e incompletos mapas de base científica. Cuando Napoleón comienza sus campañas tiene a su disposición mayoritariamente cartografía de corte o de gabinete del resto de países europeos. Una herramienta con serias deficiencias para emprender una guerra.


  1. VV.AA.: Cartografía de la Guerra de la Independencia…, p. 13.
  2. Carmen LÍTER MAYAYO: La obra de Tomás López…, p. 9.
  3. Jerry BROTTON: Historia del mundo…, Madrid: Debate, 2014. p. 41.
  4. Joan CAPDEVILLA SUBIRANA: “Del arte a la geometría…”, p. 455.
  5. VV.AA.: Cartografía de la Guerra de la Independencia…, p. 15.
  6. Antonio CRESPO SANZ: “Aventuras y desventuras de la expedición que midió un arco de meridiano en el ecuador”. En: Revista Mapping, vol. 26, nº 181, 2017. pp.58-68.
  7. VV.AA.: Cartografía de la Guerra de la Independencia…, p. 15.
  8. Carmen LÍTER MAYAYO, Francisca SANCHIS BALLESTER y Ana HERRERO VIGIL: Cartografía de España en la Biblioteca Nacional (siglos XVI al XIX). Madrid: Biblioteca Nacional de España, 1994, p. 27.