2. La geografía y la cartografía

Todas las civilizaciones, desde el inicio de los tiempos históricos, han tratado de representar el espacio en el que habitaban, o el terreno que deseaban conquistar a sus vecinos, en forma de mapas. Tanto las sociedades recolectoras, cuyo nomadismo les impedía desarrollar herramientas conceptuales que mejorasen la representación del espacio, como también las sedentarias, basadas en la agricultura, que tenían en el horizonte su límite del espacio conocido. Conocer por dónde discurría un río o la distancia entre dos puntos se revelaba fundamental para la subsistencia de las comunidades; y aquellas con un mejor conocimiento del espacio podían obtener una ventaja competitiva en la lucha por la subsistencia.

Es en ese contexto donde surge la cartografía (del griego chartis=mapa y graphein=escrito). La cartografía es una disciplina científica que integra también técnica y arte. Su objetivo es la representación gráfica del terreno sobre un documento. La palabra cartografía, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, tiene dos acepciones, muy relacionadas entre sí, pues puede referirse tanto al arte de trazar mapas geográficos como a la propia ciencia que los estudia. Es decir, la cartografía es tanto la acción artística de dibujar o trazar mapas, con el apoyo de herramientas técnicas y matemáticas, como la ciencia que se ocupa de estudiar la forma en que se dibujan o trazan esos mismos mapas. Esa dualidad ha provocado que históricamente el cartógrafo haya sido considerado tanto un hombre de ciencias como un artista.[1]

El cartógrafo debe conocer en profundidad el objeto que representará en el documento cartográfico –que, como se mostrará más adelante, tiene numerosas variantes, no todas en papel– y tener el suficiente conocimiento y discernimiento para añadir o suprimir un número mayor o menor de detalles, según sea la proyección o la escala, en el plano técnico, o el propósito de su elaboración, en un plano más conceptual. De esta manera, los documentos cartográficos, pese a estar siempre expuestos a una utilización propagandística más o menos consciente, deben ofrecer al destinatario la información necesaria para aprehender el hecho representado en su totalidad.

La cartografía tiene, entre otras características definitorias que la diferencian de las demás ciencias, la necesidad y el apoyo que requiere de otras disciplinas científicas para avanzar. De forma primordial y evidente se relaciona con la ciencia geográfica, de la que depende en gran medida. Pero también con las matemáticas, que le presta herramientas metodológicas, y con la astronomía, que le facilita observaciones rigurosas. Esa es la razón por la que, desde la antigüedad, los profesionales de una de estas ramas (Geografía, Matemáticas y Astronomía) lo eran también de las otras dos.[2]

El hito histórico fundamental para el desarrollo de la cartografía tal como hoy se entiende es la Geografía de Ptolomeo. Realizada en el siglo II por Claudio Ptolomeo, la Geografía era un compendio de los conocimientos geográficos y cartográficos alcanzados por la civilización griega, en la que ya estaban asentadas, entre otras ideas, la esfericidad de la Tierra, sus dimensiones y las proyecciones para representarla. Constaba de ocho volúmenes, uno de los cuales contenía las coordenadas de localización de 8.200 puntos y 26 mapas. Sin embargo, su influencia no se hará notar en toda su extensión hasta trece siglos después de su realización, pues todos los conceptos presentes en la Geografía se pierden en la Edad Media y no fueron recuperados hasta el siglo XV. Es en ese momento cuando se localiza un ejemplar de la obra ptolemaica en Bizancio y se realiza la primera traducción al latín. Esta traducción marca el inicio de una revolución en los conocimientos geográficos del mundo renacentista, pero sobre todo en la forma de representación del espacio, en la cartografía. En palabras de CRESPO SANZ y VICENTE MAROTO, “la traducción de la Geografía y su difusión a lo largo de los siglos XV y XVI transformó de forma radical la representación del espacio, hasta el punto de que se puede hablar de un antes y un después en el mundo de la cartografía.[3]

Portada de la edición de la Geographia, de Claudio Ptolomeo realizada en Venecia en 1562 (Fuente: Biblioteca Nacional de España, GMM/2).

La geografía, y por consiguiente la cartografía, es un saber indispensable en muchos órdenes de la sociedad. Lógicamente, uno de los sectores más interesados en su conocimiento y dominio es el estamento militar. La geografía y la cartografía son fundamentales para quien dirige cualquier operación bélica o militar. No se trata tan solo de transportar ejércitos, armas y pertrechos por un territorio, sino que además la cartografía es necesaria para elegir correctamente el emplazamiento de las plazas fortificadas o de los campamentos, para construir líneas de defensa que aseguren el territorio o para organizar la circulación de los medios humanos y materiales por el terreno. En definitiva, para conocer la zona en profundidad, pues “el territorio, con su espacio y su población, no es únicamente la fuente de toda fuerza militar, sino que también forma parte integrante de los factores que actúan sobre la guerra.[4] La cartografía se convierte en la herramienta idónea para traducir la geografía a formatos más comprensibles visualmente, ya que es capaz de concentrar una enorme multitud de datos a través de imágenes.[5]

Fragmento de Carte de la frontiere d’Espagne et de Portugal depuis Badajoz jusqu’au Douro, de Jacques Pennier, 1704 (Fuente: Biblioteca Nacional de Francia, Cartes et Plans, Ge C 9256).

El dominio de todos estos aspectos representa así un conocimiento básico y primordial para el éxito de cualquier empresa militar; por tanto, quienes toman decisiones deben tener un conocimiento profundo de estas disciplinas. El propio Maquiavelo ya lo advertía a principios del siglo XVI en sus consejos a los príncipes gobernantes:

El príncipe que no sea experto en topografía carece de la primera cualidad necesaria en un general, porque enseña cómo encontrar al enemigo, escoger los campamentos, conducir a los ejércitos, planear las batallas y sitiar con éxito las ciudades.[6]

También Diego de Saavedra Fajardo, en su famosa obra Idea de un príncipe político cristiano (Madrid, 1642), tratado educativo especialmente preparado para el hijo de Felipe IV, el malogrado príncipe Baltasar Carlos, aconsejaba al príncipe sobre la importancia de la cartografía y lo instaba a familiarizarse con los mapas por su utilidad política y militar.[7] El príncipe no olvidó el consejo y se ejercitó en el diseño y conocimiento de la cartografía, como puede apreciarse en su diseño para un fortín en la madrileña Casa de Campo que se presenta a continuación.

Planta de un fortín para la Casa de Campo de Madrid, atribuido al Príncipe Baltasar Carlos, ca. 1644 (Fuente: Archivo Militar de Estocolmo, SE/KrA/0406/22/017/002).

Para lograr esa traducción a imágenes de datos dispersos, la cartografía ha evolucionado a lo largo de los siglos, no solo en sus objetivos, sino también en su instrumental y herramientas auxiliares. Pero aunque el mayor impulso para su evolución haya que buscarlo en sus ventajas instrumentales o utilitarias –ya sea definir nuevas rutas, adquirir ventajas estratégicas y militares o lograr mayores ganancias comerciales gracias al tráfico marítimo–, es necesario recordar que el fin último de ese esfuerzo cartográfico ha sido siempre conocer mejor las realidades físicas, biológicas y humanas del mundo.[8] Esta evolución histórica de la cartografía ha tenido mucho que ver con los esfuerzos que los estados europeos de la Edad Moderna realizaron para representar su geografía, con el fin de alcanzar un doble objetivo: en primer lugar se buscaba legitimar los dominios propios mediante la representación de su extensión.[9] Por otro lado, se necesitaba inventariar y visualizar los recursos humanos, económicos y militares.[10]

Cada trabajo cartográfico fue desarrollado históricamente por pocas personas, pues con mucha frecuencia coincidían en una única persona las diferentes labores de dibujante, grabador e incluso impresor de la obra cartográfica. Sin embargo, en la actualidad se necesitan complejos equipos humanos y tecnológicos para encarar un trabajo cartográfico riguroso.

En este trabajo se profundiza en la evolución y utilización de un tipo de documento cartográfico muy definido y determinado, el documento cartográfico militar manuscrito, no destinado, salvo excepciones, a la difusión impresa fuera del círculo militar de decisión. No se detiene por tanto a valorar y estudiar la evolución de la cartografía impresa, con un origen, objetivos y finalidad completamente distintos. Para profundizar en esta última tipología puede consultarse la obra de CRESPO SANZ y VICENTE MAROTO incluida en la bibliografía, donde se encuentra además un magnífico resumen de la historia de la cartografía española.


  1. Carlos SÁNCHEZ RUBIO: Badajoz, 1811-1812. Los asedios a través de la cartografía. Badajoz: Ayuntamiento de Badajoz, 2012, p. 15.
  2. José MARTÍN LÓPEZ: Historia de la Cartografía y de la Topografía. Madrid: Centro Nacional de Información Geográfica, 2002, p. 13. Este autor va más lejos al considerar que, a través de la Astronomía, la cartografía se relaciona además con la Astrología, y a través de esta con la Cosmología y la interpretación del Universo y Dios, estableciendo por tanto una relación directa, no siempre evidente, entre el estudio de la cartografía y la historia de la filosofía.
  3. Antonio CRESPO SANZ y María Isabel VICENTE MAROTO (coord.): Mapas Antiguos de España de los siglos XV al XIX. Valladolid, Rodríguez Torres, 2014, p 87.
  4. Yves LACOSTE: La Geografía, un arma para la Guerra. Madrid: Anagrama, 1978, p. 15.
  5. VV.AA.: Cartografía de la Guerra de la Independencia. Madrid: Ministerio de Defensa, 2008, p. 9.
  6. Nicolás MAQUIAVELO: The Chief Works and others. Durham, 1965, Vol 1, p. 51.
  7. Richard KAGAN: “Introducción”. En: Isabel TESTÓN NÚÑEZ, Rocío SÁNCHEZ RUBIO y Carlos SÁNCHEZ RUBIO: La Memoria Ausente. Cartografía de España y Portugal en el Archivo Militar de Estocolmo. Siglos XVII y XVIII. Badajoz: 4 Gatos, 2006, p. 5.
  8. Antonio CRESPO SANZ y María Isabel VICENTE MAROTO: “Desde los orígenes de la cartografía a las ediciones de la Geografía de Ptolomeo”. En: Antonio CRESPO SANZ y María Isabel VICENTE MAROTO (coord.): Mapas Antiguos de España…, p. 33.
  9. Carlos SÁNCHEZ RUBIO: Badajoz, 1811-1812..., p. 16.
  10. Isabel TESTÓN NÚÑEZ, Rocío SÁNCHEZ RUBIO y Carlos SÁNCHEZ RUBIO: La Memoria Ausente…, pp. 5-10.