7. Cartografía artesanal

El punto de partida de la cartografía militar moderna puede establecerse en el siglo XVI. Durante esa centuria se produjo un gran crecimiento de la producción de mapas y planos debido a varios factores.[1] Entre ellos se cuenta el renovado interés por la representación realista del entorno, rasgo distintivo característico del Renacimiento y que apunta a la búsqueda de herramientas conceptuales, pero también técnicas, que permitan la plasmación en el papel, de dos dimensiones, de la realidad tridimensional.

Otro factor de importancia que explica el crecimiento de la producción cartográfica es la necesidad que surge en la expansión europea por el mundo de poder registrar de forma adecuada los nuevos descubrimientos geográficos. Como se ha mostrado en capítulos anteriores, la cartografía constituye una herramienta insustituible para traducir datos geográficos a imágenes. Pero además, las nuevas estructuras económicas que surgen a partir de los descubrimientos geográficos, básicamente los imperios español y portugués, encuentran en la cartografía una herramienta fundamental para la gestión de las nuevas realidades.

Un último factor, más relacionado con el campo militar, implicado en el aumento que experimenta la composición de mapas y planos en esa centuria tiene que ver con la utilidad que ofrece la cartografía como instrumento para la gestión de la guerra. En un momento en que la artillería protagoniza una auténtica revolución en el arte de la guerra se necesita obtener un mayor conocimiento de las plazas fortificadas fronterizas entre los distintos reinos y del territorio por donde deben transitar los ejércitos. A este respecto, puede mencionarse, por su importancia, el conocido como Camino Español, que conectaba las ciudades de Milán y Bruselas, en aquel momento bajo la corona hispánica, por donde transitaron más de 150.00 hombres entre 1567 y 1659.[2]

Es necesario tener en cuenta, además, que la conjunción de esos factores, especialmente el primero y el último de los mencionados, tienen su origen en territorio italiano, donde ya desde el siglo anterior se estaba desarrollando el germen del Renacimiento artístico; simultáneamente, debido a las constantes luchas y tensiones entre los diversos territorios de la península italiana (en forma de principados, repúblicas, marquesados, ducados, estados pontificios…) Italia fue el escenario de la mayor parte de los avances técnicos en el arte de la guerra, así en la planificación de las defensas –con el nuevo tipo de arquitectura militar conocido como fortificación abaluartada como paradigma– pero también en el desarrollo de nuevas tácticas frente a la emergente artillería.

Por tanto, los ingenieros militares tienen a su disposición a partir del siglo XVI nuevas herramientas para representar el terreno, de una forma mucho más fiel que anteriormente. El territorio comienza a dibujarse de forma más realista, menos esquemática, como hasta esa centuria. Anteriormente la representación del espacio no se había regido por criterios científicos, sino religiosos y simbólicos, como en los conocidos mapas “Orbis Terrarum” o mapas de “T en O”:

formados por una “T” dentro de un círculo que contiene tres continentes, Asia, Europa y África, rodeados de agua. Las masas continentales están divididas por tres vías fluviales que forman la “T”: el Don (normalmente rotulado como “Tanais”) que divide Europa y Asia; el Nilo, que separa África y Asia, y el Mediterráneo, que divide Europa y África. La mayoría de los mapamundis […] heredarían la orientación con el este en la parte superior.[3]

Mapamundi de tipo “T en O”, incluido en el manuscrito del Beato Liébana, ca. 1060 (Fuente: Biblioteca Nacional de Francia, departamento de manuscritos, Latin 8878, f. 45v-46).

Se muestra ahora un ejemplo de esta nueva cartografía, el plano del territorio fronterizo entre España y Portugal de 1643, al comienzo de la Guerra de Separación de Portugal. Como puede observarse, la importancia de la representación recae no solo en los elementos geográficos o topográficos, sino también en aquellos otros de utilización militar, como puentes o plazas fuertes.

Frontera entre España y Portugal, de autor desconocido, 1643 (Fuente: Archivo General de Simancas, MPD, 56, 089).

En este momento histórico en que se están configurando los estados modernos, la cartografía militar se centra fundamentalmente en la representación de fronteras, los espacios conflictivos entre los diferentes reinos. Unos límites que, como toda frontera de la época, no es una línea precisa que separa un reino de otro, sino que se construye a partir de la presencia de plazas fuertes que asegurasen el territorio. La frontera se constituye como un espacio limítrofe al territorio de otro príncipe y, por eso, defendido por una serie de puntos –ya sean castillos, fortalezas o plazas fuertes­– distribuidos en una línea continua. Es decir, son las plazas fuertes las que configuran la frontera,[4] y de ahí surge la necesidad imperiosa para los gobernantes de conocer mediante la cartografía los enclaves que defendían –y definían– sus límites y los del enemigo.

En esta etapa inicial de la cartografía militar no existe una uniformidad en los recursos estilísticos y formales empleados por los ingenieros militares. No hay claves comunes, colores predeterminados, escalas uniformes o tamaños normalizados. Cada ingeniero dibuja como sabe y quiere. La formación de estos profesionales era eminentemente práctica y la transmisión de los conocimientos adquiridos a lo largo de los años sobre el terreno tenía con mucha frecuencia un carácter familiar o gremial.[5]

Sin embargo, ya en 1688, con la creación del Dépôt de la Guerre en Francia, a iniciativa del Marqués de Vauban, se busca organizar la profesión de ingeniero militar, así como reunir y controlar toda su producción cartográfica, facilitando de esta manera  la eficiencia en la construcción y defensa de las fortificaciones.

Este tipo de cartografía pervivió de manera mayoritaria hasta finales del siglo XVII, en que las herramientas surgidas a partir de la revolución científica permitieron la aparición de un nuevo tipo de cartografía, más científica tanto en su concepción como en su realización y plasmación sobre el papel. Uno de los grandes estímulos para el surgimiento de la cartografía científica fue la creación en Francia de la Academia Real de las Ciencias en 1665, que propició un impulso a las observaciones astronómicas y las matemáticas necesarias para dar forma a documentos cartográficos más precisos.

En España, a semejanza del modelo francés, la llegada de la nueva dinastía borbónica trajo la creación del Real Cuerpo de Ingenieros en 1710, cuya organización se debe al ingeniero Jorge Próspero Verboom. Para la formación de estos nuevos profesionales se funda en 1711 la Real Academia de Matemáticas de Barcelona.[6]


  1. Joan CAPDEVILLA SUBIRANA: “Del arte a la geometría…”, p. 456.
  2. Geoffrey PARKER: El ejército de Flandes y el Camino Español, 1567–1659. Madrid: Alianza, 2005.
  3. Jerry BROTTON: Historia del mundo en 12 mapas. Madrid: Debate, 2014, p. 173.
  4. Como señala Richard Kagan, las plazas fuertes situadas en los confines de un territorio solían constituir todas juntas la frontera, una zona protegida por hombres y municiones. Hasta bien avanzado el siglo XVII persistió la idea tardo-medieval de la frontera no como una línea o raya continua, sino como una serie de fortalezas destinadas a asegurar el territorio de un Príncipe. Richard KAGAN, “La cultura cartográfica en la corte de Felipe IV”. En: Rocío SÁNCHEZ RUBIO, Isabel TESTÓN NÚÑEZ y Carlos SÁNCHEZ RUBIO: Imágenes de un Imperio perdido…, pp. 91-92.
  5. Joan CAPDEVILLA SUBIRANA: “Del arte a la geometría…”, p. 457.
  6. Juan Miguel MUÑOZ CORBALÁN: Jorge Próspero Verboom: ingeniero militar flamenco de la monarquía hispánica. Madrid: Fundación Juanelo Turriano, 2015.